jueves, 4 de marzo de 2010

Cap 2


Desperté y enseguida noté un aroma cercano a mí que me estaba llamando. Encontré un bol cerca de mí del que provenía aquel olor. Enseguida me abalancé sobre él. Estaba lleno hasta el borde. Me lo bebí de un trago. Noté un sabor peculiar, como si no fuese natural. Apoyé nuevamente el bol en su lugar y me senté sobre el colchón con las piernas cruzadas. Noté que estaba sola y a oscuras. Debería ser tarde. Miré a mi alrededor. Una luz se acercaba por el pasillo, y luego de unos pocos segundos, Hatzive y el naga entraron en el pasillo. Simulé estar dormida, pero no funcionó:
- Ya te escuchamos.
Crucé mis brazos en señal de reproche y abrí mis ojos. Me estaban mirando con curiosidad, pero aún lograba notar el miedo en sus ojos. El anciano se inclinó levemente y me preguntó:
- No tienes esas intenciones, pero no puedes evitarlo. ¿No encontraste forma alguna de frenar esa locura?
Suspiré profundamente. Me hubiera encantado tener una respuesta a esa pregunta, pero lo único que podía hacer era alimentarme de seres que sufrieran menos, o que al menos no hicieran sufrir a otros con la pérdida de esa vida. Le contesté que no. Comenzaron a hacerme preguntas sobre mi vida antes de llegar a ser una vampira, y como me las ingenié luego. Les conté sobre mi precaria vivienda cerca del bosque, mi forma de alimentarme, y noté que tuvieron especial interés en el estado en el que se encontraba el mundo en ese momento. Supuse que el hombre era alguna especie de científico que se interesaba en aquellas cosas diferentes a las que ellos conocen. Decidieron dejarme salir, y prometieron llevarme fuera de los niveles subterráneos. No comprendí aquella repentina confianza. Abrieron la reja y observaron con precaución cada uno de mis movimientos, el naga tomó el arma que había apoyado contra la pared. En caso de que me descontrolase, eso no iba a matarme, pero sí iba a quitarme fuerzas y detenerme por unos instantes. Hatzive me hizo señas con la mano para que avanzara por un túnel. Éste me llegaba el nivel de los hombros. Tuve que agacharme bastante para caber por ahí. Encogí mis hombros, bajé mi cabeza y me rodeé el cuerpo con las alas. Avancé por el túnel y me recorrió un escalofrío. Me sentía indefensa, atrapada, sin poder correr o estirarme si lo llegara a necesitar. Tenía claustrofobia. Me giré y vi que el anciano dudaba. Seguramente él no querría estar atrapado en el mismo túnel que yo, o tal vez esté encontrando a mi miedo como algo de lo que pudiera sacar ventaja. Intenté salir, pero Hatzive bloqueó el camino y me obligó a avanzar por el estrecho agujero. Tuve que hacerlo. Caminé delante, siguiendo el único camino posible. Comprendí que me llevaban fuera del nivel subterráneo, porque empezamos a subir escaleras, hechas sobre la misma roca blanca en la que estaba todo escavado. Cuando asomé mi cabeza, luego de subir unos cuantos escalones, pude ver el suelo, y me alegré al notar que era tierra. Levanté la mirada mientras terminaba de subir los escalones. Estábamos dentro de un ambiente que tenía el techo con la forma de un cono hacia arriba, y las paredes estaban recubiertas con piedras. Había una mesa en el centro de la habitación, un enorme escritorio a un costado y varias sillas esparcidas. Todos aquellos muebles rústicos desprendían olor a madera húmeda, vieja. También una biblioteca pegada contra la pared, compuesta por dos largos troncos a los costados, y unos estantes que estaban sostenidos entre estos dos, que tenían pilas de pergaminos, libros y escrituras. Había algunas hojas clavadas en los troncos, que tenían dibujos extraños. No pude comprenderlos perfectamente, pero poseían símbolos bellos, adornos hermosos, líneas enruladas y llamas. Miré a Hatzive, quién recorría con la mirada cada objeto que yo descubría, y me señaló una silla para que la tomase. Eso hice, y la dirigí hacia la mesa, donde él estaba ya sentado, con los brazos cruzados apoyados sobre ésta. Lo contemplé unos instantes antes de sentarme, dudando de lo que hacía. Entrelacé los dedos y puse mis manos sobre la falda, concentrándome en ellas lo más que podía. Estaba avergonzada, pero no sabía de qué. Supongo que me sentía bastante un estorbo como para encima aprovechar su bondad, o lo que creía que era. Me estaba ofreciendo un asiento, un lugar en una mesa. Lo que menos hubiera esperado al ser una intrusa, sería que fueran amables conmigo. Aunque tenía muchas preguntas para hacer que estaban en mi mente: ¿Quiénes eran? ¿Adónde estaba? ¿Había aún más criaturas mágicas de las que yo era capaz de imaginar? ¿Qué iban a hacer conmigo? ¿Existía algún otro de mi especie en ese lugar? No lograría hacer una lista, ya que cada vez se me ocurrían preguntas nuevas.
- ¿Quién eres exactamente? – Al terminar de decir esas palabras, Hatzive miró al naga y éste se fue por la escalera de piedra.
- Mi nombre es Hatzive, seguramente escuchaste que tu guardia me llamó así. – Asentí. Era cierto, yo ya sabía su nombre, pero quería más información, como cuál era su rol en aquél lugar y quiénes más estaban con él. Abrí la boca para preguntar pero él continuó. – Soy un mago, uno de los pocos que quedan. – torció el gesto – Puedes preguntarte, seguramente, en donde estás. Bueno, todos los túneles por los que anduviste y por los que no, están excavados en la montaña. La montaña de Zaor. Es la más inmensa, y en ella reside la comunidad naga. Sabes a quiénes me refiero. En este momento, nos encontramos en la punta, podrás haber notado ya, puesto que el techo tiene forma empinada. Tardaron 16 años en construirlo todo, pero valió la pena. Es un escondite realmente asombroso. No puedo darte una idea de la ubicación exacta, pero puedo enseñarte un mapa si lo deseas.
No quise que se levantara a buscarlo, quería hacerle más preguntas, puesto que sabía que el mapa no iba a servirme de nada. Pensé en todas aquellas palabras que me dijo e intenté meterlas en algún lugar en mi cerebro: “Montaña inmensa, Zaor, civilización naga” Dije para mis adentros. “Hatzive, mago” Quería saber porqué era uno de los pocos magos que quedaban, pero a juzgar por la mueca que puso al mencionarlo, no debía ser algo de lo que le gustase hablar, así que procuré cerrar la boca.
- ¿Hay más criaturas mágicas? Digo… que no sean las que existen en mi mundo…
- Las criaturas que existen en tu mundo son tan mágicas como las de acá, sólo que tú estás acostumbrada a ellas, entonces no logras encontrar lo importantes y extrañas que suelen ser al alcance de tus ojos. Para mí, los seres que se encuentran en este mundo podrían ser completamente corrientes, puesto que nací en él, pero los años de sabiduría te permiten descubrir ciertas cosas que uno jamás imaginó. Cada ser viviente está trabajando en armonía con el mundo, tal y como fue creado, para lograr la supervivencia de la mayor cantidad de especies posibles. Uno puede ver una mariposa de la misma forma que ve todo, o puede pensar en lo complejo que es el organismo de ese pequeño insecto, que forma parte de todo el universo, y deja su magia por cada flor que visita. Saber que si cuidas a esa mariposa, estás cuidando más de una vida.
- ¿Conoces mi mundo?
- No, no lo conozco realmente, pero puedo obtener pequeñas visiones y descripciones sobre ese lugar.
- ¿Cómo? – estaba ansiosa por conocer todos los secretos de este nuevo universo.
- Ya te lo he dicho, soy un mago.
Como si fuese una respuesta a lo que acababa de decir, el techo se derrumbó súbitamente, y una gran roca incendiada cayó al suelo, derrumbando a éste a su vez justo detrás de Hatzive. Él había pegado un salto y corrido hacia la escalera, y yo instintivamente, lo seguí. Bajamos rápidamente y recorrimos el túnel nuevamente. Las paredes y el techo seguían cayendo a nuestras espaldas. Yo era mucho más fuerte que el anciano, y corría mucho más rápido, así que aceleré detrás suyo, tomándolo del torso y levantándolo del suelo. Puse mis alas en una posición que me permitiera correr aerodinámicamente y tomé velocidad. Dejé atrás al derrumbe. Encontré una nueva entrada, una que antes no estaba, o a la que yo no reconocí a lo largo del recorrido del túnel. Hatzive estiró el brazo indicándome ese camino. Yo lo tomé, y enseguida comenzamos a descender. Ahora el túnel se habría en v, siempre en una pendiente. Hatzive me indicó nuevamente con el brazo el camino de la izquierda, así que apresuré el paso para seguir por él. Antes de que lograra entrar por el camino, otra gran roca rodeada de fuego, cayó justo delante de nosotros. Retrocedí más asustada aún, y tomé el otro camino. Dejamos de bajar, y entramos a una enorme ciudad subterránea. Era inmensa. Había diferentes pisos construidos todos de roca. Había muchos de los nagas circulando por la construcción, y nos miraban desconcertados al vernos pasar a esa velocidad. De las piedras salían algunos árboles, arbustos y otras bellas plantas florales, y del techo que se encontraba a kilómetros nuestro, caían largas enredaderas de tamaños descomunales que se retorcían y mostraban sus gigantescas flores, blancas tornasoladas, justo por encima de nuestras cabezas. Recorrí de punta a punta el lugar, y al llegar al otro extremo, noté que había una pequeña apertura, escondida entre helechos y hierbas largas. Por allí salí, al exterior y al aire libre al fin. Solté al anciano y me giré hacia la montaña. Era enorme realmente. Millones de kilómetros de altura. Miré al cielo para ver de donde provenían las rocas. Había unas criaturas voladoras de cuatro patas yéndose velozmente, huyendo de algo detrás de la montaña. Una de ellas estaba cargada con una de las rocas que arrojaban sobre la montaña y al pasar por encima nuestro la soltó. Tiré de Hatzive para atrás, esquivando a la enorme roca que cayó a pocos centímetros de nosotros. Escuché un enorme rugido proveniente del otro lado de la Montaña de Zaor, y al alzar la mirada, pude ver unas llamaradas salir por encima de ella. No presté demasiada atención a lo que hacía Hatzive, pero sentí como si se aliviara detrás de mí. Escuché unos pasos y la montaña vibró. Sobre ella, se elevó un enorme dragón. Estaba aterrada. Aquellas criaturas que estaban destruyendo la montaña escapaban de una peor, y ahora aquella bestia se dirigía a nosotros. Retrocedí lo más que pude, hasta que mis alas se chocaron con la enorme roca que había caído antes. El monstruo dirigió su cara hacia nosotros, y comenzó a bajar por el otro lado de la montaña destruida. Hatzive levantó su mano, y el dragón bajó hasta estar frente a nosotros. Yo me encogí lo más que pude, y procuré no mover un músculo. Ahora la bestia bajaba su enorme cabeza a nuestra altura, la cual era tan grande como mi cuerpo. Hatzive, con la mano que había estirado, palmeó la parte superior del cráneo del dragón, y este se mostró gustoso de que lo hiciera. Hatzive me miró y se rió de mi cara de incredulidad. Yo realmente no le veía la gracia.
- Crews, mi dragón.
Solté el aire que estaba conteniendo. Por lo menos no iba a matarnos. ¿Es que todavía iban a sorprenderme más cosas? Lo miré unos instantes. Era realmente bello. Tenía todo el cuerpo recubierto de escamas y de su lomo salían un par de alas inmensas, con una curva en la parte inferior delantera, que les daba una forma aerodinámica peculiar. Era de un color celeste, casi violeta, y tenía a lo largo de la columna vertebral y en la cabeza, miles de púas, unidas entre ellas con piel. Ese dragón nos había salvado de aquellos seres.
- Hatzive – Le dije dudando. - ¿Qué ha sucedido?
- No puedo explicártelo.

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